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Terra
La Coctelera

maleducada

No he visto a Juan escribir en ningún momento y sé que lo intenta. Lo sé por la manera en la que coge esos cuadernos, lo sé por los borradores que, hechos una pelota, encuentro cada mañana al abrir. No pueden ser de otra persona, es su letra. Lo es y no lo es, porque se ve distinta, más suelta, maleducada, no es la letra de las comandas.

Le he sorprendido incluso dejando un café a medias, un cigarrillo, para, con el pretexto de ir a la cámara, releer algo en los muchos cuadernos que tan afanosamente guarda y de los que no ha escrito una línea. Es una suerte de mirón.

No digo que le conozca, suele resultarme hermético. Lleva consigo constantemente la sensación de callarse algo. Su aflicción, creo, tiene que ver con sus intentos por escribir.

maleducada

No he visto a Juan escribir en ningún momento y sé que lo intenta. Lo sé por la manera en la que coge esos cuadernos, lo sé por los borradores que, hechos una pelota, encuentro cada mañana al abrir. No pueden ser de otra persona, es su letra. Lo es y no lo es, porque se ve distinta, más suelta, maleducada, no es la letra de las comandas.

Le he sorprendido incluso dejando un café a medias, un cigarrillo, para, con el pretexto de ir a la cámara, releer algo en los muchos cuadernos que tan afanosamente guarda y de los que no ha escrito una línea. Es una suerte de mirón.

No digo que le conozca, suele resultarme hermético. Lleva consigo constantemente la sensación de callarse algo. Su aflicción, creo, tiene que ver con sus intentos por escribir.

nada

Sonreía plácido con dos tercios en la mano que traía a la mesa y en un tono de confidencia le decía a Javier:
-Sólo por un momento he visto la que pudo ser mi vida…
-Qué estupidez.
-¡Cómo?
-Sí, que, lo que estás diciendo es una soberana estupidez. No puedes ver nada, porque ahí, ante ti, no hay otra cosa que nada.
-No me mires así,- continúa ante la expresión de perplejidad de Roberto.
-Pero…, por qué reaccionas de ese modo, no es más que un comentario ino…
-¡Qué no coño!,- le interrumpe- que me callo si quieres, pero que no me cuentes milongas. Que mañana no hay nada. Vacío. Lo que pueda suceder no es en modo alguno seguro, ni siquiera cierto…, y la otra, la pasada, la que no hayas podido vivir, esa no es. Nunca lo fue, y nunca lo será. Porque cada instante depende de este. No hay un si en lugar de esto te hubiera dicho. No, no lo hay.- Echa mano del tercio para aclararse la garganta y poder así ver con más claridad.
-Tu vida, ¡la mía!, no es sino una sucesión de instantes, inconexos, que no te dan más idea del futuro o el pasado que la que puedas inventar. Es una ficción… ¿Lo entiendes?, para que puedas seguir, para que puedas creer. Pero, no es, no es cierta, ni siquiera la que vives. Lo siento.

No volvieron a hablar, tampoco a verse, no hubo un, “Adiós, hasta pronto”.
Nada

leo

Viene cada mañana, más o menos a la misma hora, y siempre, como si fuera la primera vez, dice lo mismo al entrar: “Anoche lo perdí todo. ¿Me entienden…? ¡Lo he perdido todo!”

La primera vez me resultó un tanto extraño. Sin darle mayor importancia dejé la bandeja en la barra y me dirigí hacia él con ánimo de averiguar pero, Juan se hizo cargo apenas le oyó desde la cocina: “Deja Roberto, ya me ocupo yo… tú atiende las tortillas que tienen que estar listas a primera hora”. Fue la misma secuencia, un día tras otro, la que vi verdaderamente extraña.

Sin mediar palabra Juan le tomó del brazo, el gesto es cercano, casi familiar, y le dirige a una de las mesas, la que está más cerca del ventanal, apenas empieza a despuntar el día es el lugar más agradable. En él parece haber relativa sorpresa, abre y cierra los ojos con cierta ajenidad, sin embargo se deja hacer. A continuación se dirige a la barra, la máquina apunto, sirve un café, un café solo, dos porras, los coloca en la bandeja y lo lleva a su mesa.

Por lo demás la mañana transcurre normalmente, la mayoría personas conocidas, tiendas u oficinas cercanas, algún vecino y alguien de paso, siempre alguien de paso.

Poco antes del mediodía Juan me pide la botella de aguardiente, eso y el cuaderno rojo que, “Dónde está”, está bajo la barra en la cámara del fondo. Hay un sin número de ellos, cojo el primero de ellos. Se dirige a él, le sirve una copa, abre el cuaderno sobre la mesa y deja un bolígrafo. Y tal cual la sirve se la lleva a la boca. Juan no para tranquilo, trata de ocultarlo, hasta que le ve coger el bolígrafo y empezar a escribir, hasta que no le ve volcado sobre el papel escribiendo sin parar. Así, hasta que sin saber como no está. Han quedado el cuaderno abierto, sus escritos, y la copa vacía. Es entonces que Juan se apresura a recoger la mesa y, sobretodo, guardar el cuaderno.

Sólo una vez me ha hablado de él y ha sido para pedirme, más bien para advertirme, que no me dirija a él, que puede ponerse violento. Los cuadernos, el cuaderno rojo es el mismo que anoche, al cierre, Juan releía cigarro en mano. Al cabo descubriré que no fue sólo anoche sino cada noche. Cuando me voy aún sigue leyendo.

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Correción 24/10/08

"Viene cada mañana, más o menos a primera hora, y siempre, como si fuera la primera vez, dice lo mismo al entrar: “¡Lo he perdido todo!”

Sin mediar palabra Juan le toma del brazo y le dirige a una de las mesas, el gesto es cercano, casi familiar. En él parece haber relativa sorpresa, abre y cierra los ojos con cierta ajenidad, se deja hacer sin embargo.

Al mediodía Juan me pide café y el cuaderno. Le sirve, abre el cuaderno sobre la mesa y deja un bolígrafo. Juan no para tranquilo hasta que le ve cogerlo y empezar a escribir.

El cuaderno es el mismo que cada noche Juan relee al cierre. Cuando me voy aún sigue leyendo."