Viene cada mañana, más o menos a la misma hora, y siempre, como si fuera la primera vez, dice lo mismo al entrar: “Anoche lo perdí todo. ¿Me entienden…? ¡Lo he perdido todo!”
La primera vez me resultó un tanto extraño. Sin darle mayor importancia dejé la bandeja en la barra y me dirigí hacia él con ánimo de averiguar pero, Juan se hizo cargo apenas le oyó desde la cocina: “Deja Roberto, ya me ocupo yo… tú atiende las tortillas que tienen que estar listas a primera hora”. Fue la misma secuencia, un día tras otro, la que vi verdaderamente extraña.
Sin mediar palabra Juan le tomó del brazo, el gesto es cercano, casi familiar, y le dirige a una de las mesas, la que está más cerca del ventanal, apenas empieza a despuntar el día es el lugar más agradable. En él parece haber relativa sorpresa, abre y cierra los ojos con cierta ajenidad, sin embargo se deja hacer. A continuación se dirige a la barra, la máquina apunto, sirve un café, un café solo, dos porras, los coloca en la bandeja y lo lleva a su mesa.
Por lo demás la mañana transcurre normalmente, la mayoría personas conocidas, tiendas u oficinas cercanas, algún vecino y alguien de paso, siempre alguien de paso.
Poco antes del mediodía Juan me pide la botella de aguardiente, eso y el cuaderno rojo que, “Dónde está”, está bajo la barra en la cámara del fondo. Hay un sin número de ellos, cojo el primero de ellos. Se dirige a él, le sirve una copa, abre el cuaderno sobre la mesa y deja un bolígrafo. Y tal cual la sirve se la lleva a la boca. Juan no para tranquilo, trata de ocultarlo, hasta que le ve coger el bolígrafo y empezar a escribir, hasta que no le ve volcado sobre el papel escribiendo sin parar. Así, hasta que sin saber como no está. Han quedado el cuaderno abierto, sus escritos, y la copa vacía. Es entonces que Juan se apresura a recoger la mesa y, sobretodo, guardar el cuaderno.
Sólo una vez me ha hablado de él y ha sido para pedirme, más bien para advertirme, que no me dirija a él, que puede ponerse violento. Los cuadernos, el cuaderno rojo es el mismo que anoche, al cierre, Juan releía cigarro en mano. Al cabo descubriré que no fue sólo anoche sino cada noche. Cuando me voy aún sigue leyendo.
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Correción 24/10/08
"Viene cada mañana, más o menos a primera hora, y siempre, como si fuera la primera vez, dice lo mismo al entrar: “¡Lo he perdido todo!”
Sin mediar palabra Juan le toma del brazo y le dirige a una de las mesas, el gesto es cercano, casi familiar. En él parece haber relativa sorpresa, abre y cierra los ojos con cierta ajenidad, se deja hacer sin embargo.
Al mediodía Juan me pide café y el cuaderno. Le sirve, abre el cuaderno sobre la mesa y deja un bolígrafo. Juan no para tranquilo hasta que le ve cogerlo y empezar a escribir.
El cuaderno es el mismo que cada noche Juan relee al cierre. Cuando me voy aún sigue leyendo."